Esta mañana había sol y mucho rocío en el ambiente. Salí a llevar a mi hija al colegio y el día nos saludó con un hermoso arcoíris… y sucedió algo maravilloso, mi hija me preguntó: "Papi, ¿tú crees que alguien haya llegado alguna vez al final del arcoíris?"
Al principio no supe que contestarle, pero ante su ansiosa y expectante mirada, tuve que hacerlo, y le dije que sí, que sí lo creía. Y lo maravilloso no fue que ella me haya hecho esa pregunta, sino lo que yo descubrí mientras le respondía. Me di cuenta que aun estoy a medio camino de todo y de cualquier lugar, y que tengo que seguir creyendo y soñando para poder llegar a ese sitio, que definitivamente, mi hija de 6 años, tiene mucho más claro que yo.
Conversamos unos minutos y le pregunté, “¿Qué crees tú que hay al final del arcoíris?” Su sonrisa opacó el sol y me dijo que había una playa con mucha arena para jugar, con sol, nubes, peces y muchas cosas. No se imaginan cómo me reconfortó esa imagen tan serena. Le digo entonces, que para llegar allí, hay que subir mucho, mucho el arcoíris y después bajarlo, y ella me interrumpe: “no, tonto, mejor compramos un barco y llegamos más rápido. Total, el final del arcoíris, está en el horizonte”.
Aun no se me deshace el nudo en la garganta.