
Entré a esta ferretería nueva a comprar un “teipe negro” para arreglar algo en la casa y de inmediato noté un cambio en el ambiente. No es que nunca haya entrado a una ferretería, para nada, sino que esta vez algo llamó mi atención.
-“Un teipe negro, por favor”- Le digo al tipo que despacha, y él me contesta –“De cuál?”- Al instante creo que me está mamando gallo, aunque su cara es seria, así que también pienso -“el teipe negro es negro, coño, ahí no hay tu tía”- así que le sonrío y para seguirle la corriente, de lo que yo creía un chiste, le respondo -“del negro oscuro”- y me río… solo.
Tras el incómodo silencio y el ineludible carraspeo de disimulo, noto que el tipo que despacha mira al techo como pidiéndole a Dios que le otorgue paciencia y humildad para entender a este negrito que lo único que quiere en un “teipe negro”, luego baja la mirada y con tono displicente me recita, -“hay teipe negro para mecánica ligera, mecánica pesada, tengo los que aguantan altas temperaturas, los que son para cable, los que son para gomas, los aislantes y los que son para electricidad, dependiendo de qué trabajo vayas a hacer. ¿Cuál quieres?”- Todos se quedan callados esperando mi respuesta y a mí lo único que se me ocurre decir es -“¡Coño!, ¿de verdad hay tantos tipos de teipe negro?”- Otro silencio incómodo, y por como me miró, mi pregunta fue como haberle recordado a su señora madre, porque se dio la vuelta y se puso a atender otro cliente.
Entonces sucedió, miré alrededor y me di cuenta que estaba en presencia de una nueva progenie masculina a la que decidí llamar, el Erudito Ferretero. En ese momento me sentí como Neo al final de la primera película, cuando por fin puede ver la Matrix. Estos tipos hablan con una propiedad y un ego, que son tan grandes como la competencia que hay entre ellos mismos para ver quién sabe más de asuntos de ferretería. Hablan “en”, y no “de” pulgadas, metros cuadrados, niples, mechas, ramplum, tornillos tirafondo, llaves milimétricas, cromo, vanadio, y por supuesto, de la grandísima variedad que hay de teipes negros.
Los tipos se transforman al entrar a la ferretería, el que menos puja, se convierte en albañil, y de ahí para arriba, hay maestros de obra, constructores, arquitectos, ingenieros, contratistas, carpinteros, electricistas, plomeros, etc. No importa si el que entra es Cirujano o maestro de primaria, una vez que pasa el umbral de la ferretería, aparece el Hyde que hay en él y va por la llave más grande o el taladro más potente, previa disertación de las bondades y características del mismo, por supuesto.
Para el Erudito Ferretero, La ferretería es como un Men’s Club, al que sólo le falta tener barra en vez de mostrador y que le den cerveza mientras espera que le despachen su muy bien detallado pedido, que por lo general incluye cosas que el Erudito no fue a comprar y que tampoco necesita, pero que igual se lleva porque -“siempre es bueno tener una llave cinco octavos en casa, dámela acá chico… y ponme también un juego de raches y un torquímetro, tú sabes, por si acaso”-
El Erudito Ferretero… y yo que lo único que quería era un teipe negro.
-“Un teipe negro, por favor”- Le digo al tipo que despacha, y él me contesta –“De cuál?”- Al instante creo que me está mamando gallo, aunque su cara es seria, así que también pienso -“el teipe negro es negro, coño, ahí no hay tu tía”- así que le sonrío y para seguirle la corriente, de lo que yo creía un chiste, le respondo -“del negro oscuro”- y me río… solo.
Tras el incómodo silencio y el ineludible carraspeo de disimulo, noto que el tipo que despacha mira al techo como pidiéndole a Dios que le otorgue paciencia y humildad para entender a este negrito que lo único que quiere en un “teipe negro”, luego baja la mirada y con tono displicente me recita, -“hay teipe negro para mecánica ligera, mecánica pesada, tengo los que aguantan altas temperaturas, los que son para cable, los que son para gomas, los aislantes y los que son para electricidad, dependiendo de qué trabajo vayas a hacer. ¿Cuál quieres?”- Todos se quedan callados esperando mi respuesta y a mí lo único que se me ocurre decir es -“¡Coño!, ¿de verdad hay tantos tipos de teipe negro?”- Otro silencio incómodo, y por como me miró, mi pregunta fue como haberle recordado a su señora madre, porque se dio la vuelta y se puso a atender otro cliente.
Entonces sucedió, miré alrededor y me di cuenta que estaba en presencia de una nueva progenie masculina a la que decidí llamar, el Erudito Ferretero. En ese momento me sentí como Neo al final de la primera película, cuando por fin puede ver la Matrix. Estos tipos hablan con una propiedad y un ego, que son tan grandes como la competencia que hay entre ellos mismos para ver quién sabe más de asuntos de ferretería. Hablan “en”, y no “de” pulgadas, metros cuadrados, niples, mechas, ramplum, tornillos tirafondo, llaves milimétricas, cromo, vanadio, y por supuesto, de la grandísima variedad que hay de teipes negros.
Los tipos se transforman al entrar a la ferretería, el que menos puja, se convierte en albañil, y de ahí para arriba, hay maestros de obra, constructores, arquitectos, ingenieros, contratistas, carpinteros, electricistas, plomeros, etc. No importa si el que entra es Cirujano o maestro de primaria, una vez que pasa el umbral de la ferretería, aparece el Hyde que hay en él y va por la llave más grande o el taladro más potente, previa disertación de las bondades y características del mismo, por supuesto.
Para el Erudito Ferretero, La ferretería es como un Men’s Club, al que sólo le falta tener barra en vez de mostrador y que le den cerveza mientras espera que le despachen su muy bien detallado pedido, que por lo general incluye cosas que el Erudito no fue a comprar y que tampoco necesita, pero que igual se lleva porque -“siempre es bueno tener una llave cinco octavos en casa, dámela acá chico… y ponme también un juego de raches y un torquímetro, tú sabes, por si acaso”-
El Erudito Ferretero… y yo que lo único que quería era un teipe negro.
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